
De estorbar con entusiasmo a mandar en el galley... quién lo iba a decir.
Recuerdas cuando pisaste un avión por primera vez con el uniforme recién planchado y la certeza absoluta de que ibas a ser el mejor tripulante de la historia... y en realidad no sabías ni por dónde se abría el compartimento del hielo ni por qué la jefa te miraba como quien mira una mancha en la moqueta. Este libro va de eso, de aquellos meses gloriosos en los que estorbabas con una sonrisa de oreja a oreja, convencido de que ayudabas, mientras el resto de la tripulación rezaba para que no volvieras a tocar nada.
Aquí está el ascenso contado tal cual fue, sin la versión edulcorada de LinkedIn... las novatadas que nadie confiesa, las jerarquías secretas del galley donde el que lleva más años decide quién sirve el café y quién recoge las bandejas del pasaje que ha comido como si no hubiera un mañana, y ese momento en el que te das cuenta de que la persona a la que temías ahora te pasa el testigo... y ahora la temida eres tú.
Es un libro con mala leche y con cariño a partes iguales, porque quien ha subido esos escalones sabe que se llora, se maldice en cinco idiomas y se acaba queriendo a esa gente rara que comparte contigo treinta y cinco mil pies de altura y una nevera que no enfría. Si trabajas en cabina, te vas a reconocer en cada página... y si no, vas a mirar para siempre distinto a quien te ofrece el zumo con esa sonrisa que ya sabes lo que esconde.
«Empecé sin saber ni dónde iba el hielo... y acabé decidiendo quién servía el café. Bienvenido al galley, aquí también hay clases.»
Un par de páginas para que te piques.


